“Me tocó ver cosas que muchos jamás verán”


  • Alumnos de la Unidad Azcapotzalco participaron activamente durante la emergencia del 19 de septiembre

  • Continuar con las labores de apoyo, tanto en acopio como para la reconstrucción, objetivo

POR JUAN MANUEL TIRADO JUÁREZ

Martes 19 de septiembre, once horas. Las actividades de la UAM Azcapotzalco se interrumpieron momentáneamente: la alarma sonó, la mayoría de la comunidad universitaria se sumó al simulacro como recordatorio por lo ocurrido 32 años atrás. Para algunos el ejercicio quizá fue algo rutinario, aunque estaba fresca la memoria de lo sucedido el día 7, cuando un terremoto impactó diversas zonas de Chiapas y de Oaxaca. Nadie podría imaginar que se jugaría una mala pasada a esta capital y a otras entidades del país.

Minutos después de la una de la tarde la vida cotidiana se vio trastocada: un movimiento telúrico la sacudió; después de unos segundos, sonó la alerta sísmica. De inmediato empezó la evacuación en medio de las trepidaciones que ocasionaron que se desgajaran algunos aplanados y se registraran daños en ciertas instalaciones. El personal del servicio médico acudió a los llamados de auxilio y montó un centro para atender a las emergencias; los vigilantes y los integrantes de Protección Civil se cercioraron del desalojo de los edificios y, acorde con los protocolos, se revisaron las construcciones.

Poco se sabía de lo ocurrido pero a través de las redes se supo que el epicentro se localizó en Morelos, con registro de 7.1 grados en la escala Richter y que diversos inmuebles se habían desplomado dejando una cauda de desastres en las delegaciones Benito Juárez, Tlalpan, Coyoacán y Cuauhtémoc, pero también en la entidad citada, en Puebla y el Estado de México. Y como en 1985, la gente salió a ayudar a sus vecinos. El ambiente citadino se cubrió de un polvo denso resultado de los derrumbes pero también de la solidaridad de un verdadero ejército de jóvenes —hombres y mujeres— principalmente, que acudieron en auxilio y rompieron, de paso, el estigma de que la juventud de hoy es apática y ensimismada.

En la tarde ya eran muchas las personas que salían a ayudar, a buscar a sus seres queridos, pues las comunicaciones telefónicas se saturaron y, quienes pudieron, se enlazaron por medio de las redes sociales.

En Tlalnepantla, Estado de México —recuerda Paris Sebastián Moral Ortiz, estudiante del sexto trimestre de la licenciatura en Derecho—, después del sismo se corrió la voz de que el hospital de urgencias de Valle de Ceylán estaba en riesgo, por lo que acudió a ayudar a desalojar a los enfermos para que fueran ubicados en otros sanatorios. A la mañana siguiente se dirigió en el metro a prestar ayuda; ahí conoció a gente que iba también a auxiliar. Empezaron en Calzada de Tlalpan, cerca del metro Ermita. Se enteraron de que en el edificio colapsado afortunadamente no había personas, y se dirigieron a los multifamiliares cercanos a la estación Taxqueña. Ahí sólo estaban tres policías federales y dos militares, aún no llegaba la Cruz Roja y sólo estaba un grupo de Médicos Sin Fronteras. Empezaron a retirar escombros, a tratar de sacar a las personas atrapadas. Rememora cómo se levantaba el puño para guardar silencio entre los brigadistas ante algún indicio de un ser vivo; le tocó presenciar escenas terribles que no puede olvidar.

En esos momentos, subraya, fue notoria la falta de apoyo de las instituciones del gobierno; la sociedad civil tomó la batuta y organizó las acciones. Con la llegada de la noche y con ésta la lluvia, tuvieron que salir a buscar lámparas y pilas; los retrasos en el rescate fueron muy costosos porque todavía había personas vivas. Mientras un edificio aledaño crujía y amenazaba con caerse, él y un estudiante de la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la UNAM, fueron a buscar apoyo que finalmente consiguieron a través de una empresa que los ayudó con lámparas y pilas.

Al día siguiente, con apenas unas horas de sueño y un breve descanso, llegó al centro de acopio de esta Unidad en donde las labores de organización iban adelantadas. Junto con otros brigadistas salió más tarde a diversas zonas para ayudar y así se mantuvo, hasta que prácticamente se realizaron los rescates finales. Haber participado en la emergencia y haber prestado ayuda a las personas afectadas y recibir su agradecimiento fue muy satisfactorio, afirma. “Estoy contento porque me sumé a gente que no conocía, lo hicimos en medio de un espíritu de unidad y solidaridad, trabajamos hombro con hombro”. A nivel más íntimo, confía, se queda con una herida abierta, por no haber podido ayudar más.

Sería deseable que ese sentir de unidad perdurara, que no se diera sólo en las tragedias. Esos días, en medio de las caras tristes vio también a la sociedad civil que rebasó al gobierno y a las instituciones, que se pudo organizar mejor y ayudar a cubrir las necesidades de los afectados.

Para el miércoles 20 ya se habían lanzado las convocatorias para organizar el auxilio desde esta Unidad de la UAM. Cristian Cristóbal Carbajal García, estudiante del séptimo trimestre de la licenciatura de Ingeniería Física, se sumó a las brigadas que salieron a dejar acopio en San Jerónimo, Xochimilco. En el lugar, junto con los demás brigadistas ayudó a retirar escombros. Más tarde, también acudió a Tepalzingo, Morelos, y finamente a los inmuebles colapsados de los conjuntos de multifamiliares en Tlalpan y en Álvaro Obregón, donde la brigada de la UAM Azcapotzalco estuvo en la primera línea. En esos lugares lo subieron en una grúa para poder remover las ruinas, y le tocó la penosa tarea de ayudar a rescatar cuerpos. También auxilió en labores de carpintería y de herrería, en donde tiene experiencia.

Para Cristian fue muy satisfactorio el haber estado en esa labores, dar socorro junto con muchos jóvenes que no se conocían, comprobar desde arriba de las ruinas que la mayoría eran jóvenes y que, como estudiantes de la UAM, estuvieron brindando auxilio. “Te das cuenta que podemos ayudar mucho, sólo es cuestión de enfocarnos”. A nivel personal, sus sentimientos son de tristeza porque, dice, “me tocó ver cosas que muchos jóvenes o señores jamás verán, me sacudió ver tanto sufrimiento y desastre”. Por ejemplo, “cuando los familiares de los atrapados, que llegaban con esperanzas, preguntaban si habíamos encontrado algo, teníamos que negarnos a informarles. Los militares, que habían acordonado el lugar, nos dijeron que no comentáramos nada”.

De igual manera, Eduardo Rubén Campos Gutiérrez, quien está en el XII trimestre de la licenciatura de Ingeniería Metalúrgica, se incorporó a las labores coordinadas desde el centro de acopio del plantel; de inicio, junto con otros motociclistas llevó provisiones y medicamentos a Xochimilco y al estado de Morelos. Por medio de contactos propios y de los de Verónica Dorantes Roldán, una de las coordinadoras de dicho centro, se organizó junto con otros motorizados para acompañar a las camionetas que llevaron los insumos a diversos poblados morelenses. Recorrieron los caminos, entregaron los víveres, en tanto que el ingeniero civil —del cual no recuerda su nombre—, integrante de la brigada, respondía a las dudas de los pobladores sobre el estado de sus viviendas, muchas a punto de caer. “Las que estaban muy dañadas las derrumbamos pues eran muy peligrosas para sus habitantes”.

En un segundo recorrido sumaron a más brigadistas de esta casa de estudios para redoblar la ayuda. En el trayecto por esos poblados, recalca, le sorprendió la respuesta de la gente y su honestidad: “Cuando les preguntábamos si ya tenían víveres nos decían que sí y nos mandaban con otras familias, quienes todavía no habían recibido apoyo”. Pero también le impactó el sufrimiento de los lugareños que vieron caer sus hogares de toda la vida, que no tenían lugar donde dormir y, sobre todo, le dolió ver a quienes no tenían familiares.

Lalo, como lo conocieron sus compañeros de brigada, tiene intención de regresar y organizar lo necesario para ayudar a levantar sus casas; esa será la siguiente fase. Fue satisfactorio colaborar, “me siento bien conmigo mismo, pero no me alegré. Lo que viví fue bastante difícil. Será algo que voy a llevar en la mente toda mi vida”. Pese a todo, está en la misma disposición de volver a prestar ayuda cuando se requiera.

Paris, Cristian y Lalo comparten, además de su juventud, su afán solidario desinteresado, al igual que todos los estudiantes que estuvieron presentes en la emergencia.

El centro de acopio coordinó y organizó el apoyo

Después de conocerse el tamaño de la emergencia, la comunidad de la UAM-A se organizó y, a través de las redes sociales, promovió la apertura de un centro de acopio para el 20 de septiembre. En nuestra Unidad se un espacio para registrar las donaciones, la entrada y salida de voluntarios y brigadistas que iban a prestar ayuda en la Ciudad de México y en otras entidades.

La alumna del quinto trimestre de la licenciatura de Derecho, Verónica Dorantes Roldán —en conjunto con otros alumnos y un grupo de profesores—, fue una de las principales artífices de la coordinación. Un primer apoyo se canalizó hacia Jojutla, Morelos, pues se sabía que esa localidad resultó severamente dañada, aunque también había otras. Ella recuerda que Iván Osorio fue de avanzada para ir informando sobre los lugares más alejados y en donde más se necesitaba ayuda.

Dada su experiencia laboral en la coordinación de eventos y grupos, Verónica se dio a la tarea de comprobar eficazmente hacia dónde se enviaba el apoyo y en qué consistía, además de permanecer continuamente en contacto con los equipos de trabajo para conocer su situación y ubicación. Subraya que muchos se fueron a ayudar tal como llegaron vestidos —incluso chicas en tacones—, y varios fueron obligados a descansar (la mayoría no quería hacerlo). Iban a sus casas a asearse y descansar un poco, y regresaban a seguir ayudando.

Destaca que las alumnas trabajaron a la par de sus compañeros, pues cargaron y descargaron el acopio y, en las brigadas, brindaron ayuda en las tareas de rescate y remoción de escombros.

Junto con varios profesores, la maestra Gabriela García Armenta, profesora del Departamento de Procesos y Técnicas de Realización, de la División de CyAD, se sumó a las labores del centro de acopio. Fueron cientos los integrantes de la comunidad universitaria que se incorporaron a las tareas del centro y a las brigadas; incluso, la doctora Norma Rondero, rectora en funciones, ayudó en las cadenas de carga y descarga. También algunos maestros de Arquitectura y de Ingeniería Civil, apunta, ayudaron a evaluar las construcciones. El ejercicio solidario y humanitario por parte de la comunidad de la Unidad habla bien de ésta, de que juntos “somos capaces de hacer grandes cosas”, enfatiza García Armenta.

Respecto a las donaciones, indica que provinieron de zonas cercanas a la Unidad, pero también de otros estados de la república: “¡Quién sabe cómo se enteraron!”. Además, participaron diversas empresas y vecinos que prestaron vehículos para transportar los víveres y a los brigadistas; asimismo, menciona a los comerciantes aledaños, quienes donaron comida para los voluntarios del centro de recolección.

El paso siguiente, señala Dorantes Roldán, es ver la manera de continuar el acopio: han pensado abrir una convocatoria para seguir canalizando ayuda a los afectados, ya que ha pasado la fase de la emergencia pero aquellos la requieren quizás “durante meses”. La intención es seguir apoyando acorde con “nuestras posibilidades”. Además, adelanta, ya se busca la posibilidad de echar a andar proyectos multidisciplinarios a fin de apoyar en la reconstrucción y reactivación de la economía, con participación nacional y extranjera.

En el balance de las actividades desplegadas entre el 20 y el 29 de septiembre (con excepción de un día), se destaca que además de la comunidad uamera, se contó con la colaboración de alumnos de otras instituciones y de algunas personas de la sociedad civil. Hubo 596 voluntarios, y 290 se sumaron a las brigadas que salieron a repartir acopio y a apoyar en las labores de rescate, tanto en esta capital como en los diversos estados afectados.

Para distribuir los víveres y medicamentos se contó con 29 automóviles (la mayoría, de personas que no son integrantes de esta comunidad) y 37 vehículos —entre éstos, tres autobuses de pasajeros y varias motocicletas— que transportaron a los brigadistas con víveres, medicamentos y otros productos, informa Jorge Abraham Ramírez López, estudiante del décimo trimestre la licenciatura en Administración, y uno de los encargados de la operatividad del centro.

Nunca se olvidarán imágenes como las cadenas humanas al pie de los inmuebles colapsados que se pasaban los materiales para el eventual rescate, en tanto que las cuadrillas intentaban penetrar con picos, marros y palas. Por los alrededores no era raro ver a muchachos y muchachas dormidos en la banqueta o descansando en los vehículos después de una larga jornada, alejados de los reflectores que centraron su interés en otros objetivos mediáticamente redituables.

Fotografías: Iván Osorio Ávila

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Sección de Información y Divulgación, UAM Acapotzalco
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