El sistema de becas ha propiciado el desarrollo de algunas actividades en detrimento de otras: Romualdo López Zárate


  • Los fundadores a 43 años

POR ARACELI RAMOS AVILÉS

Me considero afortunado porque tuve el privilegio de ingresar a la UAM en 1974, gracias a la invitación del ingeniero Jorge Hanel del Valle, que en ese entonces era coordinador de la Comisión de Planeación (Coplan) de la Unidad Azcapotzalco, y buscaba personas interesadas en coadyuvar en esa actividad. Así, entré a trabajar cuando todavía estaban los edificios enfrente del CCH Azcapotzalco.

En un inicio, la UAM-A fue muy demandante porque estábamos todo el día planeando y trabajando en su desarrollo. Fue la única Unidad —de las dos existentes en ese entonces— que conformó esa Comisión de Planeación, pues estábamos interesados en estimar la posible demanda de estudiantes y el número de profesores, personal administrativo, aulas y laboratorios que se requerirían.

Fue una experiencia muy grata, porque, además, me incorporé a la docencia. En cuanto se abrió la Licenciatura en Sociología, el jefe del Departamento, el doctor Jorge Montaño, me propuso dar clases en una vertiente que había desarrollado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM: Matemáticas aplicadas a la Sociología. Me siento privilegiado porque pude combinar, desde el principio, la investigación con la docencia.

Cuando Hanel fue nombrado rector de la UAM-A me invitó a ser coordinador de Coplan. Tiempo después, el doctor Óscar González Cuevas (con quien mantuve gran amistad) fue elegido director de CBI y, posteriormente, rector de Unidad, y me invitó a ser secretario de la UAM-A, cargo en el que estuve dos años.

Vino el cambio en la jefatura del Departamento de Sociología, participé en el proceso y el Consejo Divisional me nombró jefe de Departamento, donde estuve coordinando a un grupo muy importante de profesores.

Recuerdo que en 1993 Chapela me consideró en la terna para rector de Unidad. Fue una de las pocas ocasiones en que un rector general propuso a la Junta Directiva a tres personas, ninguna de las cuales éramos director de División, pues, generalmente, ellos son los candidatos naturales para ese cargo. En esa ocasión fuimos, Agustín Pérez Carrillo, en ese entonces abogado general de la UAM; Edmundo Jacobo Molina, quien era director de Planeación; y yo, que en esa época estaba en la ANUIES. La Junta Directiva designó a Jacobo Molina.

En 1997 me reincorporé al Departamento de Sociología e inicié ahí una vida dedicada solamente a la docencia y a la investigación. Terminé mi doctorado y estuve trabajando en el departamento hasta 2004.

Fue hasta 2013 que un grupo de profesores de la División de CSH me propuso como candidato para la rectoría de la Unidad. Se juntaron varias circunstancias y la Junta Directiva decidió nombrarme rector de la Unidad Azcapotzalco.

Experiencias sobresalientes hay muchas pero quiero señalar una que me parece muy significativa, pues fue uno de los momentos más difíciles que vivió la Universidad. Cuando González Cuevas era rector general y yo, director de Planeación, se consideró que era necesario resolver el caso del Rancho Santa Elena —que pertenecía a la Unidad Xochimilco—, pues era sujeto de continuas invasiones de campesinos y de diferentes organizaciones del estado de Tlaxcala, gobernadas entonces por Beatriz Paredes. En una sesión de Colegio Académico que se realizó en un salón de fiestas que estaba en avenida Revolución, trabajadores sindicalizados bloquearon la calle y, al dar la noticia del cierre del rancho, una de las trabajadoras quiso agredir físicamente al rector, pero varios miembros del personal de confianza se interpusieron y hubo forcejeos entre personal de confianza y sindicalizado.

Creo que esa fue una de las manifestaciones más claras del ambiente que se vivía entonces en la Universidad; fue algo que nunca había sucedido y nunca ha vuelto a suceder: una agresión física al rector general. Afortunadamente no hubo consecuencias mayores ni heridos, pero el que se haya dado ese hecho era un signo de lo crispados que estaban los ánimos por el problema del rancho. Ya no hemos vuelto a tener situaciones como esa; aprendimos a dirimir nuestras diferencias, que son naturales, mediante el diálogo.

A 40 años, tanto la Unidad como la UAM se han consolidado. La creación de la Universidad fue una muy importante apuesta de la sociedad para formar a las futuras generaciones y desarrollar la investigación. En este tiempo hemos dado muestras de que el modelo que tenemos es significativo para poder desarrollar las labores de docencia e investigación.

Hace poco, José Zarukhán recordó —en una conferencia que dio a propósito de los 40 años de la universidad— que la UAM fue la última institución federal creada por el Congreso, y ha sido la última con estas características de profesores de tiempo completo que combinan la docencia con la investigación.

En estos años, la Unidad y la Universidad han logrado el respeto y el cariño de la sociedad que se expresa de diferentes formas. Una de ellas es la alta demanda que tenemos de jóvenes que quieren estudiar aquí. El año pasado tuvimos más de 80 mil solicitantes y sólo pudimos admitir a uno de cada diez —con ligeras variaciones de acuerdo con las carreras—; es una demanda muy alta, al menos para las carreras que se imparten en la UAM-A.

Los resultados que tenemos en investigación, medidos de diferentes maneras —número de citas en revistas especializadas, de investigaciones patrocinadas, de miembros en el Sistema Nacional de Investigadores (SIN) —, son indicadores de que vamos en un camino de desarrollo adecuado, sirviendo de la mejor manera a la sociedad.

Después de 40 años, tanto la Unidad como la UAM, se han consolidado

También, a lo largo de 40 años hemos acumulado una serie de inercias que a veces obstaculizan el desarrollo de nuestra vida universitaria. Hay tres aspectos que me parece urgente atender y no lo estamos haciendo. Uno, es que buena parte de nosotros nos incorporamos en los setenta; ya tenemos cuarenta años más, y no tenemos un programa de renovación docente. La planta académica está envejeciendo y no da oportunidad a que ingresen profesores jóvenes que den un nuevo impulso a las labores académicas; y los que tenemos más de sesenta años no vemos atractivo retirarnos porque las condiciones actuales no nos parecen adecuadas.

Un segundo punto que tendríamos que repensar, es que a lo largo del tiempo hemos acumulado un conjunto de disposiciones administrativas que entorpecen la labor académica, es decir, se han creado mecanismos legales que nos impiden ser más creativos en el desarrollo de la docencia e investigación. Tenemos demasiadas normas que a veces nos irritan como trabajadores no sólo como académicos, porque hay un conjunto de reglamentos que nos tratan como si fuéramos presuntos delincuentes, en vez de darnos la confianza de que vamos a administrar bien los recursos y, bajo la sospecha o la evidencia —que se da en muy contadas excepciones— de abuso en los recursos de la institución, hemos creado tantas disposiciones que ahora nos sentimos maniatados. Considero necesario repensar la administración que tenemos para hacer más ágil nuestra labor.

Un tercer asunto es el sistema de becas y estímulos que tenemos en la Universidad que ha propiciado el desarrollo de algunas actividades en detrimento de otras, fundamentalmente la no atención adecuada a las labores docentes. El ingreso que percibimos por las becas ha situado a una parte de los profesores en un estado de satisfacción que individualmente está muy bien, pero que no ha beneficiado en la misma medida a toda la institución. Hay que atender esta situación, porque las becas, de continuar como van, están propiciando la simulación entre nosotros y esto es perjudicial para la UAM.

Un matiz que considero propio de nosotros y no es menor, es que, a lo largo de más de 20 años, hay un extenso grupo de académicos y administrativos que han preservado el campus. Tenemos un arbolado muy bien cuidado y una distribución espacial diseñada por gente que tiene grandes conocimientos —profesores de CBI y CyAD—, que ha logrado darle una imagen a nuestra unidad por encima de las gestiones de rectores o secretarios. Es decir, en la comunidad existe una fuerte conciencia hacia nuestro espacio, lo que impide que se impongan caprichos para el desarrollo de la Universidad. Esto a mí me parece muy sano porque es la comunidad la que lo ha propiciado.

Hay mucho por hacer y cada uno de nosotros —cuando nos ha tocado ser rectores y con el equipo que conformamos— tratamos de poner nuestro granito de arena para que la Unidad sea mejor.

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Acerca de alephUAM_A

Sección de Información y Divulgación, UAM Acapotzalco
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