Creo, como Rousseau, que el aprendizaje no se acaba sino con el último suspiro: Antonio Vladimiro Rivas Iturralde


  • Los fundadores, a 43 años

POR ISELA GUERRERO OSORIO

Empecé a trabajar en la UAM en octubre de 1974, es decir, con el primer grupo de estudiantes que entró a la Unidad Azcapotzalco. Soy profesor fundador aunque por problemas burocráticos perdí un trimestre de antigüedad e inicié oficialmente en enero de 1975. Mi trayectoria ha sido sumamente fructífera: haciendo cálculos conservadores, le he dado clases a alrededor de 8 mil alumnos. Fui profesor del exrector de la UAM-A, Adrián de Garay Sánchez; del exdirector de la División de CSH, Roberto Gutiérrez López; del jefe del Departamento de Economía, Abelardo Mariña Flores; de los profesores José Hernández, Miguel Ángel Aguilar y María Josefa Montalvo, por citar algunos, así como de la directora del Claustro de Sor Juana, Carmen Beatriz López Portillo Romano, entre otros.

            Como parte de mis logros en estos 40 años, está el haberme graduado de una licenciatura y una maestría, publicado siete libros —de cuento, novela y ensayo literario— y una infinidad de artículos. He obtenido prestigio entre mis alumnos aunque lo mejor ha sido lo aprendido de ellos, tanto de sus virtudes como, sobre todo, de sus enormes carencias, lo que me ha hecho replantearme de modo radical el problema de la enseñanza de la lectura y la escritura. Esta revisión desembocó en el redescubrimiento y práctica de la lectura comentada en clase, que contribuyó para que se me concediera el Premio a la Docencia, en el año 2000.

            Considero que si se da a los estudiantes la oportunidad de pensar por su cuenta y no solo repetir cosas, nos pueden enseñar mucho. Por ello es que conservo un abultado fólder con las redacciones que han ganado altas calificaciones. Siempre combato la tendencia —ahora en boga— de la masificación de la enseñanza. Contra viento y marea, después de las clases ofrezco atención personalizada a mis estudiantes a través de asesorías obligatorias.

            Una de las experiencias que más me marcaron fue el suicidio de dos alumnos míos, en momentos muy distintos y circunstancias muy diversas. Esto me hizo reflexionar profundamente en ese abismal tema que enfrenté en la creación de una novela.

            Estoy cumpliendo 40 años en la UAM y aún tengo mucho que aprender. Creo, como Rousseau, que el aprendizaje no se acaba sino con el último suspiro.

A tantos años de haberse fundado esta Universidad, la veo y la siento muy distinta de cómo empezó. Ha crecido burocráticamente, físicamente, demográficamente, pero no sé si humanamente.

            Soy un humanista y pondero muchísimo el arte de la conversación que en mucho se ha perdido. Ahora, casi no se dialoga en la UAM. Todo el mundo se encierra en la soledad del Internet o es víctima del estrés permanente. Esto es una lástima.

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Acerca de alephUAM_A

Sección de Información y Divulgación, UAM Acapotzalco
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