No me he separado del espíritu con el que inicié: María Teresa Ocejo Cázares


  • Los fundadores, a 43 años

POR ISELA GUERRERO OSORIO

Estudié en la antes llamada Escuela Nacional de Arquitectura de la UNAM, en un grupo con 120 hombres y sólo tres mujeres. Cuando estaba finalizando la licenciatura se detonó el movimiento del 68, en el cual participaron activamente los estudiantes de arquitectura.

Años después me invitaron a dar clases en la UNAM, donde realicé un estudio sobre el comportamiento de las poblaciones relacionadas con las ciudades industriales de los estados de Durango y Morelos. En esa época, el licenciado García Valencia —a quien le hice su casa— me sugirió venir a la UAM por el enfoque social que tenía. Así lo hice y me quedé desde junio en las Comisiones de Trabajo que dieron origen a los Departamentos. Después de dos meses me di cuenta de que el proyecto iba acorde con mis expectativas de quehacer social; me enamoré de la UAM-A y me quedé en la Comisión de Servicio al Medio Social.

Después participé con el Departamento de Investigación y Conocimiento; de aquí se derivó el Área de Capacitación de Profesores, donde se orientaba a los docentes acerca de cómo impartir los planes que habíamos diseñado. Tiempo después fui jefa de área en el Tronco General de Asignaturas y, posteriormente, del Departamento de Investigación y Conocimiento para el Diseño. Soy la primera directora mujer en toda la historia de la UAM-A, en la División de CyAD.

                 Inicialmente, esta División no estaba contemplada dentro del proyecto académico de la UAM; fue hasta el 29 de abril de 1974 cuando se decidió abrir en la Unidad Azcapotzalco para luego hacer lo mismo en la Unidad Xochimilco, con apoyo de un grupo de nuestros profesores.

                 De la UNAM invité a Rafael López Rangel, especialista en el campo de la historia y la teoría del diseño en México; a Carlos Acuña, integrante del taller Max Cetto, que llevaba a cabo proyectos vinculados a comunidades, y a José Luis Benlliure, quien estuvo de tiempo parcial. Así se creó un ambiente de trabajo idóneo para enlazarnos con los sectores populares. Como consecuencia elaboramos el libro Contra un diseño dependiente, que proponía una alternativa para el diseño nacional sin estar al servicio del comercio, acorde a las necesidades de los sectores. En esa etapa surgieron proyectos que recibieron reconocimientos nacionales e internacionales.

                 Con Carlos Acuña trabajé con el subdelegado de la Cuauhtémoc en Tepito, y en ese entonces nos sorprendió el sismo del 85. En la etapa de emergencias se hicieron grupos para que los vecinos tuvieran vigilancia y, durante dos años, montamos un taller con alumnos de arquitectura —y el apoyo del Departamento de Sociología—, para levantar información sobre las necesidades de los habitantes a fin de crear un proyecto de vivienda que nos posibilitó entrar en el programa Renovación popular. Fuimos la primera universidad a la cual le aceptaron el proyecto patrocinado, y se construyeron 500 viviendas.

                     Participé en la gestión de la adquisición del terreno donde, por orden del doctor Gustavo Chapela —del que fui asesora—, se construyó el edificio de Rectoría General. Asimismo, debido a las buenas relaciones y trato cordial que tenía con los funcionarios del gobierno de la Ciudad de México, gestioné la donación de la Casa de la Primera Imprenta, ubicada en el Centro Histórico. Más tarde, pasé a ser la directora de Obras de la UAM.

                     Después de dedicar tiempo a la administración, hice mi especialización y maestría en Arquitectura del Paisaje, en la línea denominada Diseño, planificación y conservación de paisajes y jardines, en donde se han hecho modificaciones de planes y programas de estudio. Uno de los trabajos más interesantes en este campo lo hicimos con alumnos de la especialización: trabajo de investigación histórica, investigación en sitio y elaboración del proyecto de recuperación y renovación de la Alameda Central.

                         Cuando era niña, era difícil decidir entre ser bióloga o arquitecta. El gusto por la naturaleza —que me llevó a vincularme con el dibujo y la pintura— y por los pueblos indígenas me condujo hacia la Arquitectura del Paisaje.

                         Al llegar a la UAM me encontré con una universidad en donde transformaríamos —en ese entonces sí éramos una comunidad interdisciplinaria— la materia natural en objetos y espacios para el mejoramiento de la calidad de vida del hombre, y a producir una teoría sobre este campo; llevamos 40 años tratando de definir la parte científica y práctica del diseño.

                         Las primeras clases en la UAM-A se dieron en un edificio sin puertas ni ventanas, durante un invierno gélido en el que temblábamos dentro de nuestra nueva “Casa abierta al viento”, y sin luz. Había un aproximado de 200 alumnos con muchas expectativas y energías, y maestros llenos de entusiasmo, entrega y alegría; esta última, hasta nuestros días, a mí me sigue invadiendo. Éramos una familia de profesores y estudiantes que vivimos el principio innovador del proyecto caminando juntos entre sembradíos y vacas.

                   El día de la inauguración, el 11 de noviembre de 1974, estábamos en el festejo cuando sonaron campanadas y observamos juegos pirotécnicos: la fecha coincidía con el festejo del santo patrono del barrio de San Martín.

                   En el espíritu de articularnos con la realidad, en diciembre organicé que alumnos y profesores fuéramos a un pueblo de Michoacán, donde mi primo es cura. En la salida apoyaron Enrique Dussel, Jorge Sánchez de Antuñano, Fernando Danel y varios alumnos de la primera generación. Convivimos con personas del pueblo de Ticuitaco —por cierto, de ese lugar es el primer astronauta mexicano que viajó al espacio—. ¡Fue una gran experiencia! Eso nos dirigió a contactarnos con otras comunidades, como las de Actocpan, Metepec y Azcapotzalco, entre otras.

                   La UAM ha sido mi vida. Cuando me dieron el reconocimiento como Profesora Distinguida, mencioné que le debía a mi hija mucho tiempo y que gracias a su prudencia y comprensión había podido realizar tantas actividades aquí —con enorme entrega—: durante su construcción, en la docencia, gestión e investigación, dentro del mejor ambiente y con posibilidades de crecimiento interdisciplinario. No me he separado del espíritu con el que inicié.

                     Me parece que la UAM se ha consolidado en varias vertientes; sin embargo, algunos profesores nuevos desconocen el proyecto de la Universidad. Creo que debe haber una recuperación en el aspecto pedagógico, y espero que se reflexione y analice el desarrollo de la Unidad, para regresar al vínculo del trabajo con la sociedad y las comunidades cercanas. En la División se ha perdido la sistematización de la enseñanza que permitía esa relación con la realidad. La finalidad, ahora, es vender el objeto. Pero en el posgrado sí se está trabajando en las innovaciones, en la adecuación de las nuevas tecnologías y en la generación de proyectos alternativos acordes a esta realidad.

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Acerca de alephUAM_A

Sección de Información y Divulgación, UAM Acapotzalco
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