Las prácticas ancestrales de cultivo son reconocidas como la fuente de mayor cantidad de alimentos: José Sarukhán


POR JUAN MANUEL TIRADO JUÁREZ

México y el mundo enfrentan una serie de problemas ambientales que requieren la participación de los académicos e investigadores de las más diversas disciplinas y de los campesinos –entre otros involucrados– para que aporten sus conocimientos, desde sus respectivas áreas, con la idea de paliar los efectos nocivos ocasionados a los mares, selvas y bosques. Es necesario emprender de inmediato acciones conjuntas, pues si no se actúa cuanto antes las generaciones venideras sufrirán las consecuencias.

La perspectiva para México es complicada pues, si bien es un país con recursos de muy variada procedencia, enfrenta problemas ambientales por el exceso en el uso de la energía y la pérdida de la biodiversidad, lo que hace necesario cambiar su relación con la naturaleza y el modelo que impulsa a la gente a consumir.

            Los conceptos anteriores fueron compartidos por el doctor José Sarukhán Kermez, coordinador nacional de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), durante su ponencia Biodiversidad mexicana: seguridad y soberanía alimentaria, ofrecida en la Unidad Xochimilco como parte de la serie de Conferencias Magistrales Metropolitanas organizadas por la UAM con motivo de su 45 aniversario.

Ante un público numeroso, el exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México resaltó que los seres humanos somos producto de una variedad biológica que obtenemos mediante los alimentos. Ninguna manifestación cultural se vuelve parte de nosotros, sólo la comida; ésta “define a las culturas más que un himno nacional o una bandera”. Por ello, es necesario poner el acento en su protección ante los problemas que la aquejan, tales como el cambio climático y el calentamiento global, producto —entre otros factores— del consumo de materiales energéticos fósiles y de la creciente presencia de los gases de efecto invernadero.

De ahí que cobra especial atención prospectar cómo se alimentará la sociedad mexicana dentro los próximos 25 o 30 años, teniendo en cuenta que —en la actualidad— seis empresas de semillas controlan el 70 por ciento del comercio mundial y, de alguna manera, determinan qué se siembra, subrayó. El investigador aseguró que contamos con una biodiversidad biológica enorme y nuestro país es “uno de los centros de domesticación de plantas cultivadas”; desde épocas remotas, las mujeres —principalmente— fungieron en forma virtual como investigadoras pues experimentaban con las especies, las probaban y volvían a sembrarlas y así hasta llegar a las actuales.

Al visualizar la alimentación para el país en las próximas décadas, se debe tomar en cuenta que esa producción es un factor que impacta profundamente sobre los ecosistemas, además de considerar el crecimiento demográfico y el consumo per cápita, dijo.

Respecto a los daños observados como resultado de la producción alimentaria y de otras actividades, ilustró la gran disminución de los bosques en el país: en el estado de Veracruz se ha reducido al tres por ciento el espacio que ocupaban en el siglo XIX. Asimismo, recordó los estragos ocasionados por los huracanes, pues al no contar con bosques y suelos que contengan las crecientes, éstas arrasan con las poblaciones. La pérdida de suelos es un problema grave pues no son fáciles de recuperar; son producto de procesos de la naturaleza que se llevan mucho tiempo.

            Señaló que hace algún tiempo se decía que la agricultura —como la realizada en Estados Unidos y en países más desarrollados—— con herramientas de alta tecnificación y el empleo de fertilizantes, pesticidas y plaguicidas, era un salto adelante para la producción. Sin embargo, con el paso del tiempo se ha comprobado que es altamente dañina para los ríos y los mares. Mencionó el caso de la cuenca del río Mississippi que baja al Golfo de México los desechos químicos de las áreas que recorre, ocasionando graves estragos a los lechos marinos, creando las llamadas “zonas muertas marinas”, lo que también ocurre en otros lugares del planeta.

Si en esos momentos se le dio gran impulso a ese tipo de agricultura, en sentido contrario se cuestionaba a los campesinos que seguían conservando sus prácticas ancestrales. Se decía, sin razón, que eran flojos y que sólo se encargaban de áreas pequeñas, de entre una y tres hectáreas. Ahora es tangible que esa forma de producir —desarrollada desde hace miles de años (México es considerado “un país de origen” de esa práctica)— es una alternativa para resguardar la diversidad ecológica y cultural. Es de tal valía esa modalidad que la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), reconoce que “es la fuente de la mayor cantidad de alimentos”.

Más adelante recordó que entre los años 60 y 70, organismos como el Banco Mundial impulsaron la llamada Revolución Verde: se decía que ya no era necesario hacer investigación en el campo pues se había resuelto la producción de alimentos. Muchos países se alinearon a esas directrices —entre ellos México— y con ello se dio al traste con los trabajos realizados en materia pecuaria, agrícola y forestal, con la consecuente languidez de los centros de investigación. Naciones como Argentina y China, entre otros, no siguieron esos mandatos, prosiguieron sus indagaciones y hoy destacan a nivel mundial.

Resaltó la necesidad de recuperar la riqueza que se esparce en el campo. Citó el caso del maíz, del cual pocos saben que existen 59 especies, valoradas por las etnias y los campesinos que las cuidan y preservan. Esa riqueza se alcanzó sin recursos tecnológicos sino que ha sido el “producto de un ecosistema inventado por la humanidad”, que se fue desarrollando en las milpas. Las plantas eran malezas y con el paso del tiempo alcanzaron el carácter que ahora se conoce.

En la Conabio, informó, se tiene proyectado abundar en esa dirección, pues ha sido un “proceso de evolución bajo domesticación que está vivo”. Para echar a andar la iniciativa, ya empezaron a tender lazos con académicos, centros de investigación, universidades, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), organizaciones no gubernamentales y la gente de campo. De llegar a buen puerto, podría “convertirse en una política nacional para dirigir la producción alimentaria en México”. Ya se han hecho trabajos con plantas cultivadas y con sus especies silvestres cercanas, asentó

Destacó que desde la academia y la fuerza social se pueden empujar cambios con bases sólidas y sustentadas. Por ello se hace necesario que los investigadores sensibilicen a los políticos y que esos esfuerzos se traduzcan en políticas orientadas a resolver las problemáticas ambientales, de sustentabilidad y de la forma de producir los alimentos.

El biólogo egresado de la UNAM, maestro por el Colegio de Posgraduados y doctorado por la Universidad de Gales, Reino Unido, recalcó la importancia de que se informe y sensibilice a los alumnos de todas las disciplinas sobre los impactos y el cuidado de la naturaleza y, una vez conscientes de la situación, se empiece a cambiar las cosas desde todos los ámbitos.

Asimismo, subrayó que además de ciudadanos somos consumidores, lo que determina que se produce; por ejemplo, la carne. Las heces del ganado bovino podrían acarrear el incremento de la generación de gases de efecto invernadero, superando a la industria. “Como humanidad habremos de considerar nuestro consumo, pues en los niveles actuales tiene un efecto negativo enorme sobre la naturaleza”.

No basta con sólo apagar los focos al salir de la habitación; se necesitan cambios de mayores alcances, rubricó el merecedor del Premio Taylor de Ecología, equivalente al Nobel, e integrante de una buena cantidad de organizaciones científicas, tanto en México como en el extranjero.

A través de aleph envió un mensaje a los estudiantes de la UAM: “Todos tienen la necesidad de entender qué está pasando con la actividad humana en este planeta, y darse cuenta que es el resultado de lo que cada uno de nosotros hace todos los días”. Por ello, los instó a “cambiar la manera de trabajar”, a analizar y racionalizar mucho más los estándares de vida, “porque los jóvenes son los que más van a sufrir los efectos del cambio ambiental”, tanto por el cambio climático en sí como por la pérdida de la diversidad biológica.

Durante el acto, el rector general de la UAM, doctor Eduardo Peñalosa Castro, subrayó que el liderazgo de la UAM como entidad que difunde y preserva la cultura, contempla “aspectos que debemos inculcar en beneficio de todos”, orientados a no comprometer los recursos de las siguientes generaciones “por satisfacer los patrones de producción y de consumo irracionales que caracterizan a nuestra sociedad. Se vuelve así un principio que debemos de cumplir y preservar”. En este tenor, continuó, la visita del doctor Sarukhán, con los temas de interés que vino a compartir con la comunidad de la Unidad Xochimilco, “resulta de la mayor relevancia”.

A su vez, el rector de la sede anfitriona, doctor Fernando de León González, agradeció la visita de tan distinguido hombre de ciencia.

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Acerca de alephUAM_A

Sección de Información y Divulgación, UAM Acapotzalco
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