Se le da más importancia a la investigación que a la docencia: Manuel Meda Vidal (1934-2016†)


  • Los fundadores, a 43 años

POR ISELA GUERRERO OSORIO

Nací en Madrid y llegué a México en 1942, como parte de la migración española que huyó de la Guerra Civil. Recuerdo la manera fraterna con la que este país nos abrió las puertas, como pocas veces en la historia del mundo ha sucedido.

             En aquellos años, el Colegio Madrid se había destinado a los hijos de los refugiados; allí estudié la primaria, a partir del segundo grado. En su momento, mis estudios universitarios y la especialidad los realicé en la UNAM. Posteriormente, entré al Centro de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

            Cuando llegué a la UAM, no sabía nada de ella. Había trabajado durante 14 años en el IPN donde no existía la figura del sabático, por lo que, en 1973, solicité una licencia sin goce de sueldo para ir a Río de Janeiro, Brasil, a hacer un doctorado, y al regresar —después de un año—, me estaba esperando mi grupo de trabajo para decirme que nos cambiaríamos a una universidad nueva. Yo sólo sabía que era pública y a la cual habían entrado figuras reconocidas como Pedro Ramírez Vázquez, Juan Casillas y Óscar González Cuevas. Así entré con mi equipo hace 40 años, en medio de sus impactantes novedades, como el sistema trimestral, el Sistema de Aprendizaje Individualizado (SAI), que —por cierto— no existía en ninguna de las escuelas del país.

            Además de mis actividades como profesor, contribuí en la elaboración de libros de texto gratuitos; participé en la conformación de los programas de estudio de la UAM, y en diferentes cargos de la administración académica de la Unidad.

            Un par de experiencias me permitieron subrayar lo que es ser parte de esta casa de estudios: una vez, llegué con un amigo a las instalaciones de la UAM-Azcapotzalco y me encontré con una señora en el pasillo a la cual le di un beso. Me preguntó mi amigo:

               —¿Quién es esa señora?

               —Rosita, la persona que se encarga de hacer la limpieza.

               Seguimos caminando y encontramos a otra señora; también le planté un beso en la mejilla.

             —Ahora, esa mujer, ¿quién es? ¿También trabaja aquí haciendo la limpieza?

             —No, contesté, es la rectora de la Universidad.

             —Pero, ¿cómo? ¿Saludas de beso a la rectora, igual que a la señora de la limpieza?

             Así era. En estos tiempos no todos tenemos el privilegio de tender lazos tan estrechos, menos en los centros de trabajo.

            En otra ocasión, hace muchos años, en los mejores tiempos de la Universidad, vino de Estados Unidos a visitarnos un doctor en Ingeniería. En esos días, el Consejo Académico estaba eligiendo director de División; le expliqué que los órganos colegiados se conforman por una tercera parte de alumnos, una tercera de profesores y otra, de profesores en funciones de dirección, y hay una representación de los trabajadores. Observó cómo uno a uno los consejeros depositaba su voto en una urna de vidrio transparente y se quedó impresionado:

“¡Qué curioso! En Estados Unidos hablamos de democracia; ustedes, aquí, la practican”, dijo.

                 Me llamó mucho la atención el caso de un muchacho que después de la licenciatura se doctoró en Ingeniería Civil. Cuando anunció a sus padres que quería estudiar en la UAM, le dijeron que no, por ser pública: que seguramente sería un desastre, con profesores mediocres que poco asisten, y le recomendaron irse a otra institución. El joven insistió y entró a la UAM, y en la primera clase de un lunes 11 de septiembre de 1974, llegó tranquilamente pasadas las siete de la mañana, porque ¡es una universidad pública! Con 15 minutos de retraso, se asomó a mi salón y se sorprendió al ver que estaba lleno de alumnos atendiendo a la cátedra. Fue entonces que les dijo a sus padres lo equivocados que estaban.

               Desgraciadamente veo que ha cambiado dramáticamente el interés de los maestros y de los alumnos por la formación académica; va hacia el desplome. Lo que hacíamos como docentes con las primeras generaciones, imposible hacerlo ahora. Culpamos al sistema de educación preuniversitaria, éste culpa a la familia y ésta al sistema económico. Siento que el esfuerzo brutal que hacemos los profesores no se refleja, el efecto es menor a la causa.

                 A partir de la creación del Sistema Nacional de Investigadores se le ha dado mucha importancia a la investigación y, aunque no se quiera, menos a la docencia. No hemos podido mantener un equilibrio sano en las dos partes. Considero que en estos momentos se necesita dar mayor importancia a la formación de profesionales.

                  Quiero agradecer a la UAM porque mi vida académica ha sido fácil y compatible con mi vida familiar; por ejemplo, un día le dije a mi esposa: “No tengo fortuna, vivo de mi trabajo, pero, ¡mi trabajo me encanta!”. Mi hijo estudió Ingeniería Electrónica en esta Unidad. Mi hija también, pero como es matemática se fue a la UAM-I. En conclusión, a mis 40 años de laborar aquí puedo decir que mi familia es parte de la UAM.

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Acerca de alephUAM_A

Sección de Información y Divulgación, UAM Acapotzalco
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